En comparación con la Escuela Nacional de Pintura, la Universidad Nacional quedaba más cerca de la Ciudad de Survilla. Había un vuelo diario que facilita los viajes de ida y vuelta.
En la reunión de la despedida, Sofía, Ana y yo, no dejábamos de llorar, mientras tomábamos alcohol un vaso tras otro.
Borracha, sin capacidad para moverme, llamé a Martín, quien me llevó a la residencia, sin embargo, por desgracia, me vomité todo sobre él.
Cuatro años después…
Ahora ya tenía veintidós años.
Cuando