A la mañana siguiente, Eileen se levantó sumamente temprano. Tenía la segunda audiencia por la tenencia de Malena y tenía que estar completamente lúcida, por muy cansada que se sintiera, para defenderse ante el juez.
No podía permitir, bajo ningún concepto, que el maldito de su exesposo le quitara lo único y más preciado que se había atrevido a darle durante sus años de matrimonio.
Sentía que todo su cuerpo se había vuelto de gelatina, a penas si se podía mantener en pie. Pero tenía que hacer t