Capítulo 13. Protección absoluta
—No desperdicies mi tiempo, Aletta. ¡Firma de una vez! —apremió Samuel, inclinándose sobre la mesa con una mirada exigente.
La punta del bolígrafo en la mano de Aletta seguía suspendida, flotando a unos milímetros sobre el papel timbrado. Intentó controlar su respiración, que comenzaba a acelerarse.
—¿Cómo puedo asegurarme de que no tienes otra copia? —alzó la vista, tratando de desafiar aquellos ojos astutos frente a ella.
Samuel soltó una carcajada ligera, cuyo eco resonó en el café vacío.
—¿