Emma me guió por una estrecha acera, rozando mi mano de vez en cuando. No me aparté. El bullicio de Filadelfia resonaba a nuestras espaldas, nada que ver con el constante estruendo de Manhattan. Por un instante, sentí… paz. Algo cotidiano. Algo que no me había permitido sentir en meses.
Al llegar a su edificio, jugueteó con las llaves un segundo, murmurando entre dientes, antes de que la puerta se abriera. Entré, dejando que me invadiera el familiar aroma de casa: especias cálidas, un ligero ol