Dudé un momento, jugueteando con la correa de mi bolso. Todo lo que había cargado durante cuatro años se sentía pesado en ese instante: cada recuerdo, cada dolor, cada pregunta sin respuesta. Finalmente, saqué mi teléfono y le mostré el mensaje.
No murió. Tu bebé no murió.
Sus ojos se abrieron de par en par al leerlo. Me miró, con una mezcla de incredulidad y preocupación en el rostro. «Eso… eso es… extraño», dijo lentamente. Bajó el teléfono con cuidado, casi como si al tocarlo pudiera quebrar