Para la cuarta vez que lo vi esa semana, el miedo dejó de fingir ser sutil.
Al principio, me dije que era una coincidencia. Los Ángeles era grande, pero no tanto como para que los caminos no se cruzaran accidentalmente. Una vez en el supermercado. Una vez cerca de la parada del autobús. Una vez al salir de la cafetería con el chocolate caliente de Alice enfriándose en mis manos.
Las coincidencias ocurrían.
Pero para cuando vi a Zane apoyado en la farola frente a la casa —con las manos en los bo