No sucedió de repente.
No hubo un choque repentino, ni un gesto dramático que nos llevara de la disculpa a algo completamente distinto.
En cambio, fue un cambio gradual.
Como la marea que sube.
Después de aquel momento en la sala de música, me acompañó de vuelta al jardín, con la mano apoyada en la parte baja de mi espalda; no posesiva, no guiándome, simplemente ahí, como si necesitara la seguridad del contacto tanto como yo.
Alice nos vio enseguida.
—¡Papá! —gritó primero.
Luego sus ojos me en