Para cuando Emma aparcó el coche en nuestra pequeña entrada, hacía tiempo que la adrenalina se había evaporado de mi cuerpo. Lo que quedaba era un cansancio sordo y persistente que me pesaba en los huesos, como si alguien me hubiera llenado las extremidades de arena mojada.
Al salir, aún me temblaban las piernas y me daba vueltas la cabeza. Culpaba al estrés, a las secuelas del dolor, a las horas de shock. Sentía el mundo un poco al revés, como si aún no estuviera completamente dentro de mi cue