El aire de la noche era más frío de lo que esperaba.
No era el tipo de frío que te rasga la piel, sino el que se hundía más profundamente, en las costillas, en la columna vertebral, en los lugares que el agotamiento ya había abierto.
Mi mochila no pesaba casi nada, pero me dolían los hombros como si llevara toda mi vida dentro. Quizás sí. Tres camisas, una chaqueta, unos vaqueros, artículos de aseo y la cajita que Emma me dio la primera noche bajo su techo; un lugar para guardar "cosas buenas",