Emma no me soltó la mano en todo el camino de vuelta desde la clínica.
El cielo ya se había oscurecido por un gris apagado, de esos que lo hacían todo más pesado, como si el mundo estuviera conteniendo la respiración conmigo.
El aire frío de la tarde me oprimía la piel, pero apenas lo sentía. Mi mente era demasiado ruidosa. Demasiado desordenada. Cada paso que daba sentía que me hundía más en una realidad para la que no estaba preparada.
Embarazada.
La palabra latía rítmicamente en mi cabeza, a