—Ya te dije que no necesito tu ayuda —espeté, sosteniendo el cuchillo sobre la tabla de cortar. Las zanahorias sobre la encimera parecían pequeños soldados naranjas, perfectamente alineados. Ella arqueó una ceja con fuerza, con las manos en las caderas.
—¿Otra vez le estás preparando el almuerzo a Alice? —preguntó con voz cortante e incrédula—. Te dije que yo me encargaría. No tienes que hacerlo todo tú sola.
—Sí que tengo que hacerlo todo yo sola —repliqué—. Ella es mi prioridad. No voy a entr