Abrí la puerta de mi habitación y me quedé paralizada a medio paso.
Ella estaba allí. Sentada en el borde de la cama como si fuera la dueña del lugar, con los brazos cruzados y los labios apretados en esa línea tan familiar. Los rizos rojos de su cabello caían sobre un hombro, perfectamente peinado a pesar del caos que acababa de causar abajo. Sus ojos negros, oscuros y penetrantes, me clavaron en esa insufrible mezcla de acusación y derecho que la había definido desde el día en que decidió que