En la sala reinó un silencio mortal.
Sylvia no sabía qué estaba mirando él; solo sentía que estaba a punto de no poder sostenerse más.
Al cabo de un momento, él soltó una risa baja. Alargó la mano y le pellizcó la barbilla; su voz, grave y magnética, sonó despacio:
—Así está bien. Muy obediente. De acuerdo, hoy, por tu bien, las dejaré ir.
Al oír esas palabras, no solo los guardaespaldas quedaron atónitos; incluso Lily y Lucy, que habían sido golpeadas, se quedaron completamente conmocionadas.