Al no escuchar ninguna orden de Hiram para que bajara a detenerla, Martin se sintió profundamente desconcertado.
¿Acaso el señor Hiram no estaba molesto porque aquella mujer lo hubiera engañado?
Martin permaneció de pie, observando hacia abajo, y entonces se dio cuenta de que la situación en la planta inferior era extraña.
Una mujer actuaba con arrogancia, sujetando con fuerza la mano de Sylvia. Su voz era tan aguda que incluso desde arriba se oía con claridad:
—¡No puedes irte! ¡Seguro que has