El Rey se enderezó, su pecho inflándose de una arrogancia renovada. Me miró desde arriba, con la frialdad de quien acaba de recordar que solo soy un objeto decorativo.
—Salvada por la campana, omeguita de mala muerte —me escupió, arreglándose la túnica de terciopelo y recuperando su máscara de soberano intocable—. Ve a prepararte. Ponte un velo grueso y una capa oscura. Cabalgaremos al patio exterior para recibir a nuestro "héroe". Quiero que toda la corte despierte y vea que el Rey del Sur dom