Beatrice llegó a la audiencia con diez minutos de adelanto.
Era una técnica suya: llegar antes para ocupar visualmente el espacio, instalar una calma que el otro debía interrumpir con su entrada. Llevaba el mismo color marfil de la rueda de prensa y, cuando Adriana entró con su abogado, encontró a Beatrice sentada y sonriendo con la expresión de quien se alegra genuinamente de ver a alguien.
Era el tipo de sonrisa que Adriana había aprendido a descifrar a los doce años: no felicidad, no cariño,