Franco esperó a que Lorenzo se marchara.
No lo hizo por cortesía ni por táctica. Lo hizo porque, con Bellini en la sala, había una calma que no le pertenecía a ese momento. Una calma limpia, educada, irritante, capaz de recordarle a Adriana que existían hombres que podían ofrecer ayuda sin convertirla antes en campo de batalla.
Damián acompañó a Lorenzo hasta la salida. La puerta se cerró con un sonido suave y dejó en la sala una tensión que no se fue con él.
Adriana estaba junto a la ventana, d