La lluvia, aunque poco torrencial al principio, choca ahora con furia contra los cuerpos de los hombres. Se miran frente a frente, como si en ese silencio se estuvieran contando mil secretos mientras esconden otros tantos. Egor se acerca poco a poco. Sus botas chapotean en los charcos de aceite y agua del muelle. Se detiene a una distancia prudente y afirma con la cabeza, haciendo una reverencia lenta, un saludo silencioso que solo ellos comprenden.
Nicolay ladea una sonrisa, aceptando el gesto