Arvid se dirigió al lugar donde se encontraba su madre. Las mujeres que lavaban el cuerpo de Marlín salieron, dejándolo solo. Con mano temblorosa acarició el cabello de su madre, inclinó el rostro y le dio un beso en la frente.
—¡Es injusto! —pronunció con dolor—. Es injusto que te vayas ahora, justo ahora, madre.
Las piernas de Arvid se doblaron; sus rodillas chocaron contra la loza. Sus manos acariciaban el rostro frío de su madre.
—¿¡Qué haré sin ti!? ¡Mi vida no tiene sentido! ¡No la tiene!