Narrado por Alex
Al amanecer, llamé a una buena psicóloga. Empezó a acompañar a Luna. Yo no entendía nada — y jamás entendería — cómo esas conversaciones sin fundamento ayudaban a alguien. Un hombre de las cavernas, un monstruo como yo, tenía dificultad para comprender. Pero mi pequeña flor delicada lo entendía. Y eso era lo que importaba.
Como siempre, contra todas las circunstancias, me aseguré de quedarme unos minutos con ella antes de salir. Luna parecía más calmada, los ojos menos nublados