Desde la llamada de la tarde, había estado con los nervios de punta. En cuanto su cabeza tocó la almohada, el agotamiento la venció.
Cuando se estaba quedando dormida, entre la neblina del sueño, percibió una presencia amenazante, demasiado cerca.
Al abrir los ojos, la intensa luz de la habitación la deslumbró. Gabriel se cernía sobre ella, con los brazos apoyados a cada lado de su cuerpo. Sus ojos oscuros e impasibles ardían en deseo.
Regina tardó en procesarlo, convencida de que estaba soñando