El mesero le trajo el café que había pedido y lo dejó frente a ella. Regina tomó la taza y bebió un sorbo. Dejó que el sabor amargo se extendiera por su boca antes de hablar pausadamente.
—Aunque deje de ser famoso, Sebastián y yo podemos salir adelante. Lo único que quiero es que sea feliz.
Gloria no podía comprender esas palabras. Para ella, ser una estrella era el negocio más lucrativo. Su hijo era el ídolo del momento; un solo contrato de publicidad le generaba más dinero del que una persona común ganaría en toda su vida.
Desde que su hijo se había vuelto famoso, hasta los parientes de su esposo se desvivían en atenciones con ella. Incluso su hijastra, que antes apenas la soportaba, ahora la trataba con respeto y hasta dependía de ella.
El nivel de vida de Gloria había mejorado de una forma que ni siquiera podía imaginar. Y todo era porque su hijo era una gran estrella que ganaba muchísimo dinero.
Si su hijo dejaba de ser famoso…
—Lo que quieres es arruinar a mi hijo, ¿no es así?
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