Pero reprimió con rapidez aquella emoción y se dio la vuelta para continuar su camino. Sebastián se puso la gorra y el cubrebocas, se ajustó la gorra y la siguió.
Caminaron sin rumbo por el centro comercial, en silencio. Aquel hombre que por mensajes parecía un parlanchín incansable, ahora la seguía a corta distancia, sumido en una calma inusual.
Regina avanzaba con el globo en la mano, sin atreverse a hablar. El silencio entre ellos magnificaba su propia incomodidad. Después de un rato, se det