Capítulo 377
Pero reprimió con rapidez aquella emoción y se dio la vuelta para continuar su camino. Sebastián se puso la gorra y el cubrebocas, se ajustó la gorra y la siguió.

Caminaron sin rumbo por el centro comercial, en silencio. Aquel hombre que por mensajes parecía un parlanchín incansable, ahora la seguía a corta distancia, sumido en una calma inusual.

Regina avanzaba con el globo en la mano, sin atreverse a hablar. El silencio entre ellos magnificaba su propia incomodidad. Después de un rato, se det
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Imelda Aguirresiquiera dejo e pensar en esas gentes
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