La elegante y espigada figura de Gabriel se recortaba en el umbral; sus pupilas oscuras, ligeramente contraídas, se detuvieron en ella.
Él también pareció quedarse sin aliento por un instante, observándola sin pestañear.
La mente de Regina se quedó en blanco unos segundos. Cuando reaccionó, sintió que toda la sangre se le agolpaba en la cabeza; de inmediato, se cubrió el pecho con ambas manos y, presa del pánico, le espetó:
—¿Por qué no tocaste la puerta?
Él la contempló desnuda, sin el menor as