La señora de la Vega y la señora de Castillo se marcharon juntas.
Alicia también se disponía a irse a casa, pero Silvia la detuvo.
—Ali, necesito hablar contigo de algo.
Una vez que se fueron las demás, el salón privado por fin quedó en calma.
Alicia le pidió al mesero que les trajera una tetera y unos bocadillos.
Cuando ambas se acomodaron en los mullidos sillones, Silvia fue la primera en hablar.
—¿Qué opinas de mi hijo?
Alicia no entendió a qué venía la pregunta.
—¿A qué te refieres?
—¿Qué te