Aiden
Encendí las luces y vi a Roman allí de pie, descalzo, mirándome hacia arriba.
—¿Cuánto tiempo llevas ahí de pie?
—Te seguí desde la sala —respondió con naturalidad.
¿Me siguió? ¿Cómo demonios no me di cuenta?
—¿Por qué no estás durmiendo?
Sin respuesta.
—¿Necesitas algo?
Sus ojos bajaron a la botella que tenía en la mano.
—Oh. —La incliné ligeramente—. Tienes sed.
La extendí hacia él.
Miró el tapón, luego a mí, arrugando la nariz.
—Señor, ¿no me puede dar otra botella?
—Claro