*—Ezra:
En silencio, empezó a preparar lo necesario: gasas, toallitas antisépticas, crema antibiótica, vendas. Una vez ordenado el pequeño arsenal médico, se levantó para tomar a Draco y llevarlo a la cocina. Lo depositó frente al dispensador automático y presionó un botón, liberando una porción extra de comida. El gato, satisfecho por la ofrenda, se concentró de inmediato en devorarla, dejándolos solos.
Ezra se lavó las manos en el fregadero, asegurándose de que no quedara ni un rastro que pudiera irritar las heridas de Dante. Cuando regresó, se sentó de nuevo a su lado. Esta vez más cerca aún.
Tomó sus manos con extremo cuidado y las examinó. No era médico, pero sabía lo suficiente. Había aprendido por necesidad. Sabía cómo tratar cortes, golpes, torceduras. Sabía cómo remendarse cuando no había nadie más.
Y ahora, esas mismas manos sabían cómo tocar a Dante sin lastimarlo.
Primero limpió la sangre seca con una gasa húmeda. Movimientos lentos, precisos, para no abrir las heri