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​​​​​​​*—Ezra:

El vehículo de Dante estaba aparcado en su plaza privada, esa que nadie más se atrevía a ocupar. El guardia abrió la puerta del copiloto en cuanto Dante desbloqueó el todoterreno, y Ezra murmuró un agradecimiento mientras subía. El cierre de la puerta dejó el mundo afuera, convirtiendo la cabina en un pequeño universo donde solo existían ellos dos.

Dante entró por su lado y cuando se sentó, lo miró… y le regaló una sonrisa breve, ladeada, casi perezosa. Apenas un gesto, pero suficiente para desatar el caos en el pecho de Ezra. Su corazón comenzó a latir con un torbellino adolescente que lo hizo apartar la mirada de inmediato.

Estaba cayendo. Cayendo en picado por su jefe.

Trató de sujetarse a algo tan simple como el cinturón de seguridad, pero sus manos temblaban tanto que el cierre no hacía más que chasquear fuera de sitio. Una risa baja escapó de Dante. Luego sintió que él se inclinaba hacia su lado. La mezcla del aroma de su loción post-afeitado, su colonia y ese tin
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