*—Ezra:
Ezra se apartó de Dante como si lo quemara. Retrocedió varios pasos, cada uno más torpe que el anterior, buscando desesperadamente poner distancia entre su cuerpo ardiente y la realidad que acababa de desplomarse sobre él. La vergüenza le subió caliente por el cuello.
—Lo siento… no sé por qué dije eso —balbuceó, sintiéndose abrirse por dentro. Sentía que acababa de exhibirse como el peor estereotipo de omega: hambriento, sin dignidad, incapaz de controlarse. Y él no era así. Él no era eso.
Dante permaneció en silencio, un silencio pesado, antes de levantarse despacio. Suspiró.
—Es por lo que pasó. Tu cuerpo todavía reacciona a mis feromonas y a lo que ese malnacido intentó hacerte —dijo, pasándose una mano por el cabello y tirándolo hacia atrás. Tardó un momento más en mirarlo otra vez—. No es prudente que me quede esta noche. Ya sabes lo que podría pasar, y no estás en plena conciencia.
El rechazo se le clavó en el pecho como una estaca. Ezra sintió un pinchazo agudo,