*—Ezra:
Estuvo un largo momento en los brazos de Dante, siendo reconfortado por el alfa hasta que este lo levantó del suelo. Ezra se aferró a él con desesperación silenciosa, enterrando la cara en su cuello como si ese pequeño gesto pudiera protegerlo del mundo entero.
Dante lo cargó fuera del baño y lo llevó hacia los sofás de la habitación privada, moviéndose con una firmeza que no coincidía con la vibración de dolor que recorría su cuerpo.
—Dame un vaso con agua o hielo —ordenó, sin alzar demasiado la voz, pero con esa autoridad que partía la habitación en dos—. Busca una muda de ropa limpia entre los chicos, que no esté sucia ni huela a alfa —añadió a alguien más.
Ezra apenas podía seguir la escena. Las feromonas de Dante lo envolvían en oleadas suaves, cálidas, dulces de una forma que no debería permitirse para un alfa tan intenso. Eran como un recordatorio constante de seguridad, un refugio tibio que lo hacía sentir cansado, a salvo, casi dormido.
No quería separarse.
Solo ahí p