*—Dante:
Cuando por fin estuvo a solas, dejó escapar una maldición feroz. Sintió sus feromonas brotar como vapor desde una grieta interna, espesas y cargadas de frustración.
Ezra era un descarado. Tenía agallas, y Dante no lo negaría jamás. Pudo haber tenido todo lo que quisiera si cedía un poco, pero no: el chico era testarudo, una muralla con ojos tranquilos.
Bueno. Que hiciera lo que quisiera. Había perdido su oferta, y Dante no repetía ofertas. No iba a suplicar por un asistente.
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