*—Dante:
Dante nunca tuvo dudas de que Ezra sería bien recibido por su gente, dah, su madre llevaba años intentando que mirara a su exasistente con otros ojos y, al fin, había caído. Los nervios previos de Ezra, esa incertidumbre por no saber cómo reaccionarían los Delacroix, habían sido en vano: lo adoraban, lo acogían como si siempre hubiese sido parte de ellos.
Y eso le daba una paz profunda a Dante, una certeza cálida en el pecho, porque sabía que no cualquiera habría encajado así en su mun