Todos empezaron a correr despavoridos, con el rostro descompuesto por el terror.
Alguien tropezó y cayó al suelo, y nadie se detuvo a ayudarlo; incluso hubo quienes pasaron por encima de él sin importarles. Había tanta gente que, aunque todos sentían miedo, apenas podían avanzar. Una vez que alguien caía, resultaba imposible levantarse de nuevo.
Mateo no era de los que se escondían: mientras los demás huían del peligro, él corría directo hacia él. Lo hacía por una sola razón: quería proteger a