--- A la mañana siguiente, Luana despertó entre los brazos de Alessandro. Al observar su mandíbula bien definida y perfecta, no pudo resistirse y extendió la mano, deslizándola despacio desde la barbilla hasta llegar a la nuez de Adán. En cuanto hizo aquel movimiento, Alessandro abrió los ojos de golpe; la luz de su mirada profunda vaciló por un instante antes de fijarse finalmente en el rostro de Luana. Se dio la vuelta, la inmovilizó bajo su cuerpo, le sujetó la barbilla y la atrajo hacia sí: