Na mañana siguiente, Luana escuchó unos golpes en la puerta. Pensó que era Alessandro llamando y no quiso abrir bajo ninguna circunstancia. Solo salió de la cama cuando los niños la llamaron.
—Mamá, vamos a salir a jugar juntos —dijo Lucca con una sonrisa.
—¿A dónde vamos a jugar? —preguntó Luana, luchando contra el sueño tras una mala noche.
Era impresionante: entre semana, esos niños dormían como piedras y apenas podían mantener los ojos abiertos en clase, obligando a la tía María a subir las