—Necesitas descansar, o vas a pescar un resfriado... —murmuró Luana con preocupación.
Alessandro tomó la toalla seca que ella le ofrecía y se secó la cabeza con torpeza. Lentamente, levantó la vista; sus ojos profundos estaban ensombrecidos por una neblina de fatiga. Le habló con voz ronca:
—Ve a darte un baño primero, no quiero que te enfermes.
Luana quiso replicar, pero sintió un nudo en la garganta que le impedía articular palabra. Con resignación, fue a ducharse discretamente. Cuando salió,