Cuando Alessandro se topó con aquella cantidad exagerada de trufas en su mesa, lo supo de inmediato: alguien estaba intentando comprar su favor. El hecho de que Berta hubiera aceptado el regalo indicaba una proximidad peligrosa con el remitente.
Sin embargo, Alessandro se movía por principios, no por cortesías. Si extendería la mano o cerraría el puño dependía enteramente de su humor —y, en ese momento, el clima estaba gélido—.
—¿Quién es el dueño de la "gentileza"? —preguntó él, con la voz des