Luana soltó un suspiro de alivio en secreto. Realmente no quería que Alessandro permaneciera allí ni un segundo más.
—Comed todos primero. Mamá volverá enseguida —les dijo a los niños antes de salir.
Matteo miró a Alessandro con cierta reticencia. Estaba empezando a caerle bien aquel hombre; después de todo, no parecía tan malo.
—Oye, ¿podrías venir a jugar conmigo algún día? —preguntó, aferrándose a la pernera de su pantalón y mirándolo con unos ojos que parecían contener todas las estrellas d