Alessandro abrió de golpe la puerta del baño de mujeres. Sus ojos recorrieron el lugar y se posaron en Camila tirada en el suelo. Frunció el ceño, sintiendo una presión extraña en el pecho.
Al notar la entrada de Alessandro, el rostro de Camila se torció en una expresión de profunda injusticia. Miró a Luana, asegurándose de que la mejilla enrojecida estuviera bien visible para él.
—Luana, sé que me odias, pero no puedes calumniarme así —dijo con voz temblorosa y suave—. Juro por todo lo más sagr