Los ojos de Camila se llenaron de lágrimas mientras observaba la expresión inescrutable de Alessandro. Por dentro, el odio la consumía; él no había dedicado un segundo de atención genuina a ella desde que los niños se habían ido.
Apretó los puños bajo la mesa, las uñas clavándose en la piel, pero retomó el papel de víctima tan pronto abrió la boca:
—Alessandro... puedo aguantar el dolor un poco más. Por favor, no vayamos al hospital ahora, ¿quieres? Es mi cumpleaños.
Alessandro la miró, pero su