Mundo de ficçãoIniciar sessãoJADE AL-QALA
Salgo corriendo del palacio, la gente me mira, pero no me detengo. Si supieran lo que le hice al jeque, me atraparían y me llevarían ante él, y no quiero saber qué castigo me esperaría. Seguramente la horca, pienso, aunque mi conciencia me grita "¡qué exagerada!". El castigo sería cruel por algo tan imperdonable, y más si eres mujer. Solo por huir y deshonrar a mi familia por negarme a esa boda, me esperan diez latigazos. No sé cuánto llevo corriendo, pero cuando me siento segura y sin nadie detrás, me detengo. Intento recuperar el aliento. Debo salir del país lo antes posible. Ahora no solo escapo de mi padre, sino también del jeque. La situación es más difícil, no tengo ropa, dinero ni comida. Me arrepiento de no haber comido en el palacio. Miro al cielo, ya es de noche. Un suspiro cansado escapa de mis labios. —¡Allah, yusaeiduni! *Dios, ayúdame*—susurro. Veo una estrella fugaz, cierro los ojos y pido un milagro, uno que me salve del cruel destino. Una lágrima traicionera resbala por mi mejilla y la limpio. —Vamos, Jade, tú puedes con esto y más —me digo, dándome valor para seguir. Una hora después, vuelvo a estar en el zoco. Muerdo mis labios al recordar lo sucedido. Sacudo esos recuerdos de mi mente; lo último que quiero es llorar en algún rincón. Debo encontrar la forma de salir del país. Sé que es difícil, casi imposible sin el permiso de mi padre, pero no me rendiré. Sigo caminando cuando de repente siento que alguien toma mi mano. Al ver quién es, mi mundo se desmorona. —Madre —susurro, mis ojos se llenan de lágrimas y niego con la cabeza al sentir que me jala—. Madre, no, por favor, déjame ir —suplico entre el llanto. —No quiero escucharte, Jade, estoy muy decepcionada de ti. Pones en vergüenza el apellido de la familia, haces que la palabra de tu padre no valga nada. —Me zafo de su agarre, sin poder creer lo que dice. —¿Eso es lo único que te importa, madre? —pregunto—. ¿Acaso no importa lo que yo quiero, mi felicidad? —Con el tiempo serás feliz, hija. Solo debes ser una buena esposa, sumisa y obediente con tu esposo para que él sea bueno contigo, y verás que con el tiempo aprenderás a amarlo, Jade. —No, madre, jamás podré amar a ese hombre, ni permitir que me toque. Por favor, madre, ayúdame, no dejes que mi padre me obligue a casarme con él o seré infeliz el resto de mi vida —suplico. Ella me mira a los ojos. —Debes casarte tú, Jade, porque si no eres tú, será Leila quien deba casarse con él. —Siento que me quedo sin aire al oír esa aberración de mi madre. Niego con la cabeza ante semejante locura. —Madre, Leila es solo una niña, tiene quince años. ¿Cómo puedes apoyar las locuras de mi padre? Eres un monstruo igual que él. —Mis palabras la hieren. —Tú decides, Jade, o te casas con ese hombre y aceptas tu destino, o será tu hermana quien se case con él. Me dejo caer de rodillas al suelo, sintiendo el dolor de las piedras. ¡Allah!, no puedo permitir que ese hombre le haga daño a mi hermana. Es solo una niña, pero casarme con él sería peor que la muerte para mí. —¿Ya tomaste tu decisión? —pregunta mi madre—. ¿Tú o Leila? —La miro con todo el dolor de mi corazón. —Sí, madre —digo, con las palabras pesando en mi boca—. Acepto casarme con ese hombre. Una enorme sonrisa se dibuja en su rostro al escuchar mi respuesta. —Es lo correcto, hija, verás que en un futuro me lo agradecerás. —Seré infeliz por el resto de mi vida y solo tú serás la culpable, madre —respondo, aún tirada en el suelo. Mi madre guarda silencio, intenta ayudarme a levantar, pero no la dejo. Suelta un suspiro de fastidio y se aleja, y no me queda más que seguirla. Caminamos unos minutos y mi corazón se llena de miedo al ver a mi padre acercarse enojado. Antes de que pueda decir algo, levanta la mano y me golpea el rostro, haciéndome caer. Siento mis ojos llenarse de lágrimas por el ardor y mi labio vuelve a sangrar. Un gemido de dolor escapa de mis labios al sentir cómo mi padre me toma del cabello, me levanta con fuerza y me arrastra hacia el auto. —Malik, dijiste que no le harías daño —escucho a mi madre decir. —¡Cállate! —grita mi padre—. ¿No ves las marcas en su cuerpo? Es una maldita cualquiera que ya no es pura. —Padre, te juro por Allah que aún soy pura, ningún hombre me ha tocado —suplico, sintiendo cómo mi cabello es arrancado. Con fuerza, me mete al auto y, sin perder tiempo, conduce llevándome a mi nuevo infierno. Todo el camino intenté explicarle, pero me ignoró. Intenté que mi madre intercediera, pero ella solo miró hacia otro lado, como diciendo que estaba sola. No tardamos en llegar a casa. Así como me metió al auto, así me sacó mi padre, jalándome del cabello hacia el interior. Entre lágrimas, pude ver a Leila, que lloraba por mí. Sabía lo que me esperaba. Ella intentó acercarse, pero negué con la cabeza; si ella intervenía, también sería castigada, y no podía permitirlo. Era la única culpable de todo esto. Sabía el castigo por deshonrar a mi familia y aun así escapé. —¡Allah, dame fuerzas! —susurro al sentir cómo mi cuerpo es lanzado al suelo. Siento cómo mi padre empieza a romper la abaya *túnica larga y holgada* que llevo puesta, dejando mi espalda al descubierto. —¿Qué harás, Malik? —pregunta mi madre con horror, viendo lo que mi padre está a punto de hacer. —Lo que hizo tu hija debe ser castigado, Jalila, y más ahora que es impura, y así ningún hombre la querrá ni la tomará como esposa. —No puedes hacer eso, Malik, ese hombre se casará con ella y ahora él decide lo que pasa con Jade, no tú. No puedes hacerle esto a tu hija. —Mi madre intenta detener a mi padre, que comienza a atar mis muñecas con lazos de la pared. —¿Crees que soy estúpido, Jalila? —pregunta mi padre—. Él me dio permiso de castigar a Jade, me dijo que ella merecía ser castigada y es lo que voy a hacer. Termina de atar mis muñecas, mis brazos extendidos a cada lado. —No lo hagas, Malik —escucho a mi madre, que empieza a llorar, mientras yo lloro en silencio—, o te arrepentirás de lo que le harás a tu hija. —Jamás me arrepentiré por castigar a una cualquiera —habla mi padre con desprecio. A los segundos, solo soy consciente del grito desgarrador que escapa de mi garganta al sentir un golpe en mi espalda, dejando un ardor como si fuera fuego. Muerdo mis labios con fuerza para no seguir gritando; no quiero darle el gusto a mi padre de saber cuánto me está hiriendo. Siento el segundo latigazo impactar contra mi débil cuerpo; jalo mis muñecas tan fuerte que siento cómo sangran. Mi cuerpo se sacude violentamente con cada golpe. Escucho los sollozos de mi madre. Para el quinto latigazo, mi cuerpo no puede más. Siento que muero, mis ojos pesan, la oscuridad se apodera de mí, llevándome a un abismo de soledad. —¡Allah, ayúdame a morir! —ruego en mi mente antes de que la oscuridad me engulla por completo.