CAPÍTULO 5

HASSAN AL-ÁSAD

—Veo que Amal ya te fue con el chisme, madre —digo, refiriéndome a una de las damas de compañía que me vio con la chica en brazos.

—Respóndeme, Hassan, ¿quién es esa mujer? —grita mi madre, lo que me irrita. Me levanto de mi silla para enfrentarla.

—¿Con qué derecho entras a mi despacho sin tocar, madre? —cuestiono.

—Quiero una maldita explicación, Hassan, y la quiero ahora. —Aprieto los puños ante su tono.

—Voy a decirte tres cosas, madre, y quiero que escuches. Primero, es la primera y última vez que entras a mi despacho sin llamar. —Ella aprieta los puños—. Segundo, tú a mí no me exiges nada. No olvides que mantienes tu título de jequesa porque yo lo he permitido. Y tercero, no te metas en mis asuntos ni en mis decisiones, porque aquí mando yo. —Su semblante cambia, volviéndose humilde.

—Hijo, no quiero entrometerme, solo me preocupo por ti. No quiero que nadie te haga daño; solo quiero que seas feliz —dice con una falsedad evidente.

—Ya estoy bastante crecido para cuidarme solo, madre. No te preocupes por mí. Y en cuanto a ser feliz, yo me encargo. No empieces de nuevo con que me case con Zhara, porque eso jamás pasará.

—Pero hijo, Zhara es la mujer que necesitas y…

—Y no la amo, madre —respondo, frunciendo el ceño.

—¿Amor? Nadie habla de amor, Hassan. Nadie se casa por amor, hijo, todo es por conveniencia. —No puedo creer lo que oigo.

—Que tú te hayas casado con mi padre por obligación o conveniencia no significa que yo vaya a hacerlo. Olvídate de la idea de algo entre Zhara y yo, porque nunca será posible. El día que decida casarme, será con la mujer que yo elija, no con la que tú quieras, madre. Así que olvídate de este tema y por favor, retírate de mi despacho, tengo mucho trabajo.

—¿Me estás echando, Hassan? —pregunta, ofendida.

—Sí, madre. Por favor, déjame solo y no me hagas perder más tiempo. —Camino a la puerta y la abro. Ella me mira incrédula y se marcha sin decir más.

Exhalo cansado, cierro la puerta y me acerco al ventanal, observando la belleza del palacio mientras me pierdo en mis pensamientos. ¿Está mal querer casarme por amor? ¿Está mal hacer mi voluntad y no lo que los demás quieren de mí? ¡Allah!, jamás quise esto. Jamás quise ser rey, solo… solo quería ser un hombre común, con una vida común, donde nadie esperara nada de mí, donde pudiera amar y ser amado. Pero no, eso jamás podrá pasar; no soy un hombre común y mi vida no es normal.

Sé que debo casarme pronto; debo dar un heredero a la nación antes de envejecer y que Hassan Segundo ya no sirva para nada. Tal vez no pueda casarme enamorado, pero quizás pueda llevarme bien con mi esposa y eso me dé la estabilidad que tanto necesito.

Salgo de mis pensamientos al oír un golpe en la puerta.

—Adelante —digo. La puerta se abre y mi corazón da un vuelco al ver de quién se trata. Sigo de espaldas, viendo por la ventana, como si nada importara. Pero, ¿a quién engaño? Quisiera darme la vuelta y ver a esa hermosa chica de labios rojos, pero no, Hassan, ¡contrólate!, o pensará que eres extraño.

De reojo veo cómo Amina la empuja para que entre y, antes de que ella pueda huir despavorida, Amina cierra la puerta, dejándonos a solas. Espero unos segundos y, cuando no puedo más, me doy la vuelta. Casi dejo de respirar al ver sus hermosos ojos color Jade, un tono verdoso que con la luz se torna azulado, justo como un jade.

Observo los golpes en su rostro y desearía tener enfrente a los malditos que se atrevieron a golpearla. La veo temblar como un ratón asustado que solo quiere escapar.

—¿Cómo estás? —pregunto, intentando no sonar brusco, pero fallo estrepitosamente, pues da un pequeño salto por el susto.

—Bi… bien, majestad —responde, haciendo una reverencia, un gesto que me molesta.

—No lo hagas —digo, acercándome a ella. Por instinto, ella retrocede hasta chocar con la pared. Baja la mirada y se frota las manos con nerviosismo.

Cuando llego hasta donde está, no sé qué pasa, pero de repente se tira al suelo, arrodillándose y rompiendo en llanto.

—No me mate, majestad, se lo suplico, no me haga daño —dice, aferrándose a mis piernas.

¿Pero qué diablos? ¿Matarla yo? ¿A ella? ¿Por qué cree que haría algo así? No soy un santo, pero llegar a matar a alguien es una locura. Intento levantarla tomándola de los brazos y hablo, tratando de no sonar como el asesino que ella cree que soy.

—A ver, chiquilla, creo que el golpe en la cabeza te está afectando —digo, tratando de que me suelte, pero ella empieza a gritar como si le estuviera haciendo algo horrible.

—¡No! ¡No! No me haga daño, majestad, se lo suplico, perdóneme —llora desconsoladamente mientras yo lucho por soltarme.

Logro apartarla de mis piernas y la dejo frente a mí, acorralándola contra la pared y mi cuerpo.

—A ver, chiquilla loca, no voy a matarte —le digo—. Eso dejaría una gran mancha de sangre en mi alfombra. —Intento bromear, pero no le gusta; se pone pálida.

Intento disculparme, pero ella empieza a gritar y llorar. Entre su llanto, me responde:

—Eso está por verse; si no dejé que esos hombres me hicieran daño, mucho menos usted. —Y sin esperarlo, estampa su rodilla contra Hassan Segundo.

—¡AAAAH! —grito, cayendo de rodillas y llevando ambas manos a mi entrepierna. La chiquilla loca sale corriendo como si su vida dependiera de ello.

Al instante, mi asistente personal entra. Al verme tirado, corre a ayudarme.

—¡Majestad! ¿Qué sucedió? —pregunta preocupado—. ¿Se encuentra bien?

Me ayuda a levantarme, aún con el dolor entre mis piernas, pero con el corazón latiendo a mil y una enorme sonrisa de satisfacción en el rostro. Sin duda, es una fierecilla con agallas para defenderse. Aún sabiendo a quién atacó, no dudó.

Me recompongo y me siento en mi silla.

—Quiero que la investigues, Jamil —digo.

—¿Qué? —pregunta—. ¿Acaso enloqueció, majestad?

Lo miro frunciendo el ceño y cruzándome de brazos.

—Quiero que hagas lo que te pedí, Jamil. Quiero saber quién es ella, cómo se llama, lo que le gusta, lo que no, si tiene novio o algún pretendiente.

—Majestad, eso me llevará días.

—Quiero la información en mi escritorio en una hora, Jamil. —Él abre los ojos sorprendido.

—Pero, majestad —intenta refutar.

—¿O es que tengo que hacerlo yo, Jamil? —pregunto, y él niega rápidamente.

—No, señor, en una hora tendrá la información —responde y sale de mi despacho, dejándome solo con un torbellino de emociones.

Cuando descubra quién eres, te haré pagar esta ofensa y veremos si sigues siendo tan valiente como hasta ahora, pequeña fierecilla.

Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP