CAPÍTULO 7

HASSAN AL-ÁSAD

Miraba el informe que Jamil me había entregado. Estaba en mi escritorio, pero aún no me atrevía a revisarlo. No quería parecer desesperado por esa chiquilla; no era mi estilo. Siempre he sido un hombre distante y hermético. Mantenía esa fachada con Jamil, que esperaba que leyera el informe, pero yo no quería su mirada de burla al verme interesado en ella.

—Ya te puedes retirar, Jamil —dije, fingiendo que trabajaba en unos papeles.

—¿No los va a revisar, majestad? —preguntó.

—Cuando termine con esto, Jamil, tengo mucho que hacer ahora.

—¿Y para eso me los pidió con urgencia? —dijo molesto.

Levanté la vista y lo miré con el ceño fruncido. Él bajó rápidamente la mirada.

—Lo siento, Majestad —susurró—, solo que lo vi tan desesperado por esa mujer que pensé que le interesaría la información.

—¿De qué hablas? —pregunté.

—Es mejor que lo vea por usted mismo, Majestad. Con permiso —murmuró, haciendo una reverencia y dejándome solo.

Miré el informe y lo tomé con manos temblorosas. No sabía por qué estaba tan nervioso, pero por la cara de Jamil, lo que iba a leer no me gustaría. Abrí el informe y en la primera hoja aparecía el nombre de la chiquilla y una fotografía. Observé la foto con una sonrisa al ver su hermosa sonrisa y sus preciosas piedras jade brillando. Leí su nombre: Jade Al-Qala.

—Jade —susurré, saboreando su nombre. Un hermoso nombre, digno de una reina, mi reina.

Seguí leyendo el informe, pasando por información sin importancia, hasta que llegué a su familia: Padre: Malik Al-Qala. Madre: Jalila Al-Qala. Hermana mayor: Latifa Al-Qala. Hermana menor: Leila Al-Qala. Leí que su hermana mayor se casó con un hombre mucho mayor, lo cual es normal en nuestra sociedad.

Continué leyendo hasta que la furia me invadió por completo al ver que la chiquilla estaba comprometida con un hombre cincuenta años mayor que ella. Tiré todo lo que había sobre mi escritorio al ver el nombre del hombre con el que se casaría: Nabil Al-Fayed, mi tío, hermano de mi madre. Arrugué la hoja, sintiendo unas ganas inmensas de matar a mi tío. ¿Acaso había enloquecido para cometer semejante locura de obligar a esa chiquilla a casarse con él?

Jamil entró con un rostro preocupado, observando el desastre en el suelo.

—¿Es cierto lo que dice aquí, Jamil? —pregunté, esperando que fuera una broma de mal gusto.

—Lo es, Majestad. El señor Nabil ha pagado una fuerte suma de dinero por la mano de esa mujer y su padre ha aceptado entregarle a su hija.

—¿Acaso ese hombre está demente? ¿Cómo puede pensar en hacer tal aberración? Mi tío podría ser el abuelo de esa chiquilla.

—En nuestra sociedad eso no es mal visto, Majestad —dijo Jamil.

—¿Apoyas esta estupidez? —pregunté.

—No, Majestad, no lo apoyo. Pero el padre de esa mujer solo desea vender a su hija al mejor postor para conseguir lo que quiere.

Escuché lo que dijo y una idea empezó a formarse en mi mente. Ya había pensado en ello, pero de otra forma: enamorarla y luego casarme con ella. Pero tendría que ser al revés.

—Ve por el padre de la chiquilla, quiero hablar con él.

—Majestad, el matrimonio ya es un hecho, no hay nada que hacer por ella. En unos días se convertirá en la esposa del señor Nabil.

Escuché lo que dijo y no iba a permitir que mi tío le pusiera una mano encima. Antes tendrá que pasar sobre mi cadáver.

—Haz lo que te ordeno, Jamil. Quiero ver a ese hombre cuanto antes.

—¿Y si no quiere venir? —preguntó.

—No me importa si quiere o no, Jamil. Solo cumple mi orden y tráelo lo más pronto posible. —Asintió y salió a cumplir mi pedido.

Tomé la fotografía de la chiquilla y observé ese rostro lleno de ilusión e inocencia.

—Juro que no permitiré que te haga daño; antes de que eso pase, lo mato —susurré, como si ella pudiera escuchar mi promesa.

No iba a permitir que mi tío la lastimara. Sabía lo cruel y despiadado que podía ser ese hombre con las mujeres, y no permitiría que profanara su inocencia. Caminaba de un lado a otro en mi despacho como un león enjaulado. El aire se había vuelto denso; cada segundo que pasaba era tiempo que perdía para ayudarla.

Pasaron un par de horas hasta que escuché un golpe en la puerta.

—Adelante —dije con fuerza.

Jamil entró, y detrás de él, un hombre mayor, que reconocí como el padre de la chiquilla. Observé al hombre de pies a cabeza, mostrando mi disgusto. Pasaron unos segundos y vi cómo miraba a su alrededor, como si no creyera lo que veía. Me aclaré la garganta, llamando su atención. Él me miró y rápidamente bajó la mirada, haciendo una reverencia.

—Majestad —susurró con miedo, y saber que me temía me dio satisfacción.

—No me andaré con rodeos, señor Al-Qala. Soy un hombre ocupado para perder el tiempo con ciertas personas —dije, mirándolo desde mi asiento—. ¿Cuánto quiere por venderme a su hija?

No pedía la mano de su hija; sabía cómo se movía ese hombre y que lo único que le importaba era el dinero. Estaba dispuesto a darle lo que pidiera con tal de que mi tío no se casara con ella. Observé la sonrisa que se dibujó en su rostro, mostrando sus dientes amarillentos. Reprimí una mueca de asco.

—Majestad, no puedo darle a mi hija, ella solo tiene quince años —respondió.

Lo observé con el ceño fruncido y con indignación de que pensara que pedía la mano de su hija menor. ¿Acaso piensa que soy un monstruo para desposar a una niña de quince años? Apreté los puños, conteniendo mi enojo y mis ganas de golpearlo.

—No pido la mano de su hija menor, ella es apenas una niña, señor Malik —dije, haciendo una pausa—. Pido la mano de Jade —hablé con suficiencia.

Se quedó en silencio por unos segundos, que me parecieron una eternidad.

—Majestad, no puedo darle la mano de mi hija; ella ya está comprometida con otro hombre.

—Lo sé —respondí—. Por eso le pregunto cuánto quiere por darme a su hija; ponga un número y no dudaré en dárselo.

Vi una sonrisa perversa en su rostro. No podía creer que este hombre fuera el padre de esa chiquilla tan inocente.

—Majestad, soy un hombre de honor y siempre cumplo mi palabra —respondió.

¿Un hombre de honor? ¿Un hombre de palabra? Quise reírme en su cara al escuchar semejante estupidez.

—Señor Malik, usted carece de esas cualidades. Un hombre de honor cuida de su familia y no hace lo que usted está haciendo. —Se hizo el ofendido.

—Me ofende, Majestad.

—Decir la verdad no es ofender a nadie, señor Malik. Así que dígame qué quiere para darme a su hija en matrimonio.

—Majestad, si rompo el matrimonio de mi hija con el señor Nabil, estaré en serios problemas, no solo yo, sino también mi familia.

—De Nabil me encargo yo, señor Malik. Usted solo debe deshacer ese matrimonio y darme a mí la mano de su hija.

—Pero —intentó refutar.

—Que su hija se case conmigo traerá más riquezas para usted, señor Malik —dije, haciéndolo entrar en razón—. Le daré dinero, propiedades, joyas, todo lo que usted quiera, todo lo que su avaricioso corazón desee.

—¿Todo? —preguntó.

—Todo, señor Malik. Será mucho mejor para su familia que su hija sea mi esposa y no que termine siendo la esposa de Nabil, porque todo lo que tiene Nabil es mío y si a mí se me pega la gana, se lo puedo quitar y al final lo terminaría dejando en la calle como el perro que es.

Observé cómo me miraba y una sonrisa se dibujó en su rostro.

—¿Entonces, señor Malik? ¿Qué decisión tomó? —pregunté.

No me importaba lo que tuviera que dar, con tal de que esa chiquilla fuera Zawjati *Mi esposa*.

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