Mundo ficciónIniciar sesiónHASSAN AL-ÁSAD
Observo cómo la chica que tengo frente a mí baila, moviendo su cuerpo con una sensualidad que hace resaltar cada curva de su figura, mientras su cadera se balancea al ritmo de la música. Disfruto del espectáculo que me ofrece, llevando mi copa a mis manos y observándola con calma. Cuando termina, se acerca a mí caminando con movimientos lentos y seductores. Bebo de un solo trago el contenido de mi copa; el sabor del arak raspa mi garganta y me hace sentir alerta. Se sienta sobre mis piernas e intenta besarme en los labios, pero yo lo evito con facilidad, haciendo que sus labios se posen sobre mi mejilla. Noto la decepción en su rostro, pero sé que todas las mujeres que pasan por mis brazos saben muy bien que ningún ser humano tiene derecho a besar mis labios; ese derecho es exclusivo de Zawjati *Mi esposa*, Imra' ati *mi mujer*. Solo ella tendrá acceso a todo lo que soy y todo lo que poseo, aunque por ahora aún no ha llegado a mi vida. Tengo treinta años y nunca he conocido lo que es el amor. A mi edad, la mayoría de los hombres de mi pueblo ya están casados, muchos incluso tienen hijos. Como jeque de los Emiratos, llevo sobre mis hombros una gran responsabilidad, y una de las más importantes es elegir a mi esposa, algo que debí haber hecho hace mucho tiempo. Sin embargo, aún no lo he hecho, y con ello se me exige no solo formar un hogar, sino también dar un heredero a mi nación. Muchas cosas se esperan de mí, pero lo que yo realmente deseo es encontrar a la mujer adecuada: alguien que no esté conmigo por mi posición o por lo que pueda darle, sino que esté dispuesta a compartir mi carga, que me ame por lo que soy y no por mi apellido. Mis pensamientos se interrumpen cuando veo acercarse a Malak, que viene con el ceño fruncido y la expresión seria. —Hassan, sabes que esto no se permite en mi negocio —dice con enojo—. Si quieres estar con una de mis bailarinas, lo haces fuera de aquí; esto no es un lugar para esas cosas, ¿cuándo lo entenderás? —No olvides quién soy —le respondo con firmeza. —Claro que lo sé, eres el muchacho con el que crecí en el palacio —responde ella, cruzándose de brazos. —Y eso no te da derecho a hablarme así. Si no fuera por tu madre… —comienzo a decir, pero ella me interrumpe levantando una mano. —Mi madre te cambió los pañales, Hassan. Ella te vio crecer, ¿crees que le gustaría verte actuando de esta manera? —señala a la chica que sigue sentada sobre mis piernas. Al escuchar su nombre, recuerdo a la madre de Malak, y una sensación de nostalgia me llena el pecho. Ella fue quien me cuidó y me crió, mucho mejor de lo que nunca lo hizo mi propia madre. Cuando falleció, fue un golpe muy duro para todos, y su ausencia aún se siente. La aparto de mis piernas; escucho sus quejas, pero no le presto atención. Me levanto de la silla y me acomodo mi ropa. —Debo irme —le digo—. Solo te permito hablarme así porque te considero mi hermana, pero no abuses de eso. Recuerda quién eres y con quién hablas, y que siempre debes respetarme. Ella solo rueda los ojos y yo salgo del lugar, seguido de mis guardaespaldas. Estoy por subir a mi vehículo cuando escucho los gritos desesperados de una mujer pidiendo ayuda. Sin pensarlo dos veces, me dirijo hacia el lugar de donde vienen los sonidos, y lo que veo me llena de ira y sorpresa: tres hombres están intentando abusar de alguien. Les llamo la atención y se burlan de mí, sin importarles mi presencia. Al mirar a la persona que está en el suelo, me doy cuenta de que es apenas una joven, casi una niña. Su cuerpo está manchado de sangre, y en ese momento siento que algo se enciende dentro de mí, una fuerza que me hace actuar sin dudar, es como si el mismo Alshaytan *El diablo* me hubiera poseído. Con un solo golpe derribo a uno de ellos al suelo. Los otros dos se lanzan contra mí, pero mis guardaespaldas intentan intervenir y yo les hago una seña con la mirada para que se queden donde están. Gracias a mi entrenamiento militar, logro detenerlos rápidamente y dejar a los tres inconscientes sin mucha dificultad. Me acomodo mi ropa, que se ha desordenado, y vuelvo la mirada hacia la joven, que sigue tendida en el suelo sin movimiento. Al verla así, cubierta de sangre, siento un sabor amargo en mi boca. —Llamen al médico —ordeno con voz firme. Me acerco para levantarla, pero uno de mis hombres intenta tomarla en sus brazos, y le grito de inmediato: —¡No la toques! La tomo yo mismo, y al cargarla siento cómo mi traje se mancha con la sangre que cubre su cuerpo. Me abren la puerta del auto y la acomodo en mi regazo, usando mi pañuelo para limpiar su rostro y quitar todo rastro de sangre. Al verla bien, no puedo evitar quedarme mirándola; algo en su rostro me atrae de una forma que no logro explicar. Me quedo así, sin darme cuenta del tiempo que pasa, hasta que escucho que abren la puerta del vehículo. Salgo con ella en mis brazos y uno de los sirvientes viene a mi encuentro. —El médico ya está aquí, majestad —me informa. —Busca a Nabila y dile que quiero que ella y su hija estén presentes cuando el médico la revise. Pero primero, que la limpien bien antes de que la vea —le indico, y él asiente rápidamente para ir a cumplir mis órdenes. La llevo a una de las habitaciones y la dejo sobre la cama. Minutos después llegan Nabila y su hija, y comienzan a cortar su ropa para poder revisarla. Antes de que la dejen completamente desnuda, salgo de la habitación y me dirijo a mi propia estancia; necesito lavarme y limpiarme también. Llego a mi cuarto, me quito toda la ropa y entro al baño. Abro el grifo y dejo que el agua fría corra por mi cuerpo, sintiendo cómo los músculos se me relajan poco a poco. Cierro los ojos y de pronto aparece en mi mente el rostro de esa joven: sus labios, su expresión, todo lo que vi en ella. Sin darme cuenta, mi mano baja por mi cuerpo, moviéndose con lentitud, imaginando que son sus labios los que me tocan, que son sus manos las que me acarician. Abro los ojos de golpe al darme cuenta de lo que estoy haciendo. —¡Por Allah, qué estás haciendo, Hassan! —me digo a mí mismo con vergüenza—. Apenas la conoces y ya estás pensando con impulsos que no tienen lugar. Además, me recrimino, podría ser tu hermana, no la mires de esa manera, me dice mi conciencia. Sacudo la cabeza para alejar esos pensamientos y termino de bañarme. Me envuelvo en una toalla y luego me visto con ropa limpia: un traje de color negro, camisa y zapatos del mismo tono. Al terminar, salgo hacia mi despacho, pero siento que algo no está bien; tengo una erección que no baja, y caminar se vuelve incómodo y molesto. Al llegar a mi oficina, me siento en mi silla y miro la gran cantidad de documentos que tengo que revisar. Cargar con la responsabilidad de una nación no es tarea fácil, y a veces siento que es demasiado peso para llevar. Estoy trabajando cuando escucho que llaman a la puerta. —Adelante —digo, sin levantar la vista de los papeles. La puerta se abre y entra la hija de Nabila, que se acerca y me hace una reverencia. Me da igual que lo haga, no le doy importancia a ese gesto. —Majestad, la señorita ya despertó —me susurra con miedo. —¿Ya la revisó el médico? —le pregunto, y ella asiente. —Sí, majestad. El médico dijo que solo tiene algunos golpes, que en unos días sanarán sin dejar marcas. Asiento con la cabeza. —¿Y ella cómo se encuentra? —le pregunto, y ella se queda callada unos segundos, dudando si decirme la verdad o no. Al ver que no responde, la miro fijamente y le digo: —¿Qué pasa, Amina? Dime lo que sabes. —Creo que necesita ayuda, majestad —responde finalmente—. Alguien debe cuidarla, porque está muy asustada y parece que no tiene a nadie más. Pienso en lo que me dice. Es cierto, no es normal que una joven esté sola, a esas horas de la noche, sin nadie que la acompañe. —No te preocupes —le digo—. Si necesita ayuda, se la daré. Ve con ella, llévale algo de cenar, búscale ropa limpia y dile que cuando termine de descansar y bañarse, venga a verme aquí. —Como ordene, majestad —responde, y sale de la habitación. Vuelvo mi atención a los documentos, pero no paso mucho tiempo antes de que la puerta se abra de nuevo. Entra mi madre, con el ceño muy fruncido y una expresión de enojo en el rostro. —¡Allah! —pienso—. Ya nadie me respeta. —¿Quién es esa mujer, Hassan? —pregunta con voz alta y enojada—. ¿Y qué hace en mi casa? Me recuesto en mi silla y la miro con seriedad. Que sea mi madre no le da derecho a cuestionar mis decisiones, y creo que ya lo ha olvidado.