CAPÍTULO 3

JADE AL-QALA

Abro los ojos con dificultad; siento que me pesan mucho y al tocarme la cabeza, un gemido de dolor me escapa. Hasta respirar me causa dolor y apenas puedo moverme. Al mirar a mi alrededor, me doy cuenta de que no estoy en mi habitación, así que me siento de golpe y al hacerlo, las lágrimas brotan: estoy completamente desnuda. Intento ponerme de pie, pero el dolor es tan fuerte que no puedo.

Niego con la cabeza, llorando. —¡No! ¿Acaso han profanado mi cuerpo? —me pregunto confundida—. ¿O es que simplemente se siente diferente? No lo sé.

Tomo las sábanas para cubrirme y en ese momento se abre la puerta: entra una chica de servicio que, al verme intentar ocultarme, me sonríe y baja la mirada. Se acerca a mí y, al encontrar su mirada preocupada, yo ya no puedo contener las lágrimas.

—¿Me hicieron daño? —pregunto con voz entrecortada. Ella se sorprende y niega rápido.

—No, no te hicieron nada malo. Mi madre y yo te desnudamos y limpiamos, estabas llena de sangre y habías perdido el conocimiento. El médico revisó y solo son golpes, nada más. En un momento te traigo ropa limpia para que te bañes.

—Gracias —susurro, mirando al suelo.

—No tienes por qué agradecerme. —Se queda un instante en silencio—. El señor pidió que, en cuanto despertaras, le avisara.

Me quedo sorprendida. —¿Acaso él…?

—No, señorita. Él fue quien te rescató y quiere hablar contigo.

—¿Sobre qué?

—No lo sé. Mejor coma algo —dice, dejando una bandeja con comida sobre una mesa—. En un momento regreso.

Antes de irse, la tomo de la mano. —Por favor, no me dejes sola.

—Aquí estás segura, nadie te hará daño —dice, y sale cerrando la puerta.

Miro la comida: tengo mucha hambre, pero lo que pasó me hace sentir que voy a vomitar. Pasaron unos minutos y vuelve con ropa; la deja sobre la cama.

—Te avisé al señor, así que cuando termines de bañarte y cenar, debes ir a su despacho.

Me quedo en silencio: ¿quién es? ¿Por qué me ayudó? ¿Qué querrá de mí? De pronto recuerdo las joyas de mi abuela y mi maleta. Las busco por todos lados y ahí está mi equipaje, pero mi ropa está sucia y las joyas han desaparecido. Me dejo caer al suelo llorando: ya no tengo dinero, ni a dónde ir, y esas joyas eran lo único que me quedaba de ella.

Creo que es un castigo por no haber aceptado mi destino, por haberme rebelado. La chica me llama y me ayuda a levantarme; trato de sonreír, pero no sale.

Me guía hacia el baño: es enorme, más grande que toda mi casa, y veo una tina llena de agua caliente y espuma que huele delicioso. Me ayuda a entrar y al tocar el agua, los músculos se me relajan. Cierro los ojos y sigo llorando: no sé qué hacer.

Volver a casa ya no es posible; si llamo a mi hermana, me entregarán a mi padre y el castigo será muy fuerte por haber avergonzado a la familia. Tengo miedo: no sé quién es este hombre ni qué podrá hacerme. Ahora no estoy segura de haber huido, pero no me arrepiento: jamás podría vivir la vida que lleva mi hermana, maltratada y humillada solo por dinero.

Cuando el agua se enfría, salgo y me visto con ayuda de la chica. Al mirarme al espejo, un gemido de dolor me escapa: tengo moretones en todo el rostro, el labio roto, la nariz cortada y una gran mordida en el cuello. Me muerdo el labio para no llorar: todo es mi culpa, si no hubiera huido, nada de esto pasaría.

—¡Allah, perdóname! —susurro.

Siento que me tocan el hombro: es la chica. —El señor te espera, señorita.

—Está bien —respondo.

Me ayuda a levantarme y salimos. Todo el lugar es de lujo, y al pasar por los sirvientes, todos nos miran y susurran. Bajo la mirada, no quiero que nadie me vea así. Caminamos mucho y sigo con las mismas preguntas: es un hombre muy rico, poderoso, y temo que estar aquí me traiga más problemas.

Cada paso me hace sentir que mi corazón se va a salir del pecho, late muy rápido. Llegamos a una puerta grande y la chica llama; escucho una voz autoritaria y firme que dice: —Adelante.

Mi cuerpo se estremece al escucharla. La chica abre la puerta y me i***a a entrar, pero yo estoy paralizada, como si estuviera frente a un depredador. Ella me empuja un poco y entra, pero al i***ante cierra la puerta dejándome sola con él.

Miro el lugar y veo a un hombre de espalda, mirando por el gran ventanal. Es muy alto, casi dos metros, y su figura es imponente, se notan los músculos bajo su traje.

Se da la vuelta y al verlo, me quedo con los ojos muy abiertos: ¿por qué, Allah? ¿Por qué tuvo que ser él, de todos los hombres, quien me ayudara?

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