CAPÍTULO 2

JADE AL-QALA

Sabía que Allah tenía nuestro destino escrito, pero jamás imaginé que una decisión tan precipitada traería tantas consecuencias. Tomo mi maleta y la coloco en mi hombro, mientras mi hermana llora desconsoladamente. Me acerco y le acaricio las mejillas.

—Prométeme una cosa —le digo, y ella asiente secándose las lágrimas.

—Lo que quieras, haré lo que tú digas.

Le sonrío con ternura; solo deseo que ella logre lo que nosotras no: encontrar el verdadero amor y casarse con afecto, sin sentirse nunca sola, traicionada o tratada como una moneda de cambio.

—Siempre haz lo que tu corazón te diga, y nunca dejes que nadie te humille ni te utilice.

Ella asiente, tomo la maleta y sigo sonriendo por fuera, aunque ella sabe que me voy, así que abre los ojos muy grande.

—¿Te irás? —pregunta—. ¿Y si papá se da cuenta? ¿Y si te encuentran? Tengo miedo, conoces las consecuencias de desobedecer.

—Lo sé, Leila, pero tengo que hacerlo —respondo—. Ve al comedor y, si preguntan por mí, diles que regresé a la habitación, ¿vale?

Ella se pone de pie y me abraza. La abrazo fuerte; sé que su destino es igual al mío, pero tengo que marcharme. Prometo volver por ella, tarde o temprano.

Ella revisa que no haya nadie y me hace señas de que está libre. Salgo tras ella camino hacia el jardín, la única salida posible sin que nadie se entere. Al llegar a la puerta trasera, escucho las palabras de mi padre que me helan la sangre:

—Eres afortunado, Amin, tener a una mujer virgen para tu noche de bodas; ya quisiera yo una así alguna vez.

El hombre se ríe y responde:

—Ya verás cómo grita hasta que se le rompe la garganta.

Tragó el nudo de mi garganta y me di la vuelta de inmediato. Mi padre está loco si cree que ese hombre me tocará; prefiero morir antes que permitirlo.

Me acerco a la barda, que es demasiado alta, y me subo con dificultad. Estoy a punto de saltar cuando veo a mi madre, que me mira molesta. Antes de que pueda detenerme, salto a la calle y corro escuchando sus gritos llamando a mi padre. No me detendré, no me importan las consecuencias.

Corrí tanto que mis piernas se sintieron pesadas. Me recargo en un muro para descansar; necesito dinero, pero no tengo ni un riyal. Entonces recuerdo las joyas que me regaló mi abuela. Sacarlas me duele mucho, pero es la única forma de conseguir recursos. Mi abuela, a diferencia de mi madre, nos enseñó a luchar por lo que queremos, así que, con el corazón partido, me dirijo al Zoco *mercado tradicional árabe*. para empeñarlas.

Camino hacia el centro; todo está oscuro, hay poca gente y hace mucho frío. Rezaba para que Allah escuchara mis súplicas, aunque sabía que estaba desobedeciendo. Al ver una luz al final de la calle, sonreí creyendo que lo había logrado, pero me equivoqué.

De pronto escucho pasos y, al voltear, no veo a nadie. Sacudo la cabeza pensando que son nervios, pero en cuanto doy otro paso, alguien se ríe. No eran nervios: veo a unos hombres que caminan tras de mí.

—¡Qué belleza! Esta noche cenamos bien —dice uno.

—Seguro disfrutamos todos de ella —agrega otro.

Empiezo a correr, pero me alcanzan de inmediato. Un hombre me toma del brazo con tanta fuerza que me lastima, me tapa la boca y me aprieta contra su cuerpo. Su aliento asqueroso me golpea la cara, y me muerde el lóbulo de la oreja. Cierro los ojos con fuerza, sintiendo náuseas. Sus manos recorren mi cuerpo de forma obscena, y mis ojos se llenan de lágrimas.

Intento forcejear, pero son más fuertes. Cuando uno intenta quitarme la maleta, me aferro con todas mis fuerzas, pero me la arrancan de las manos y tiran mis cosas al suelo. Mis joyas caen al polvo.

—Hoy Allah está de nuestro lado —dice uno—. No solo disfrutaremos de ella, sino que nos iremos con algo en el bolsillo.

El hombre que me sostiene pasa su lengua por mi mejilla y mi cuerpo se estremece de asco. Me besa el cuello y grito pidiendo ayuda, pero nadie me escucha. ¡Allah, ayúdame!

Otro hombre intenta besarme; lo muerdo con tanta fuerza que su sangre llena mi boca.

—¡Perra! —grita, y me da un puñetazo en la cara que me hace caer al suelo.

Siento que me muerden el cuello con violencia y grito con desgarro. Uno de ellos se sube encima de mí.

—¡No! ¡Por favor, no me hagan daño! —suplico llorando.

—¡Cállate! —me grita y me da una bofetada. Me desgarra la ropa y empieza a tocarme. Los otros dos me sostienen de los brazos y las piernas, y me siento sucia y destruida. Prefiero morir antes que dejar que me profanen.

Estoy temblando cuando veo que baja el cierre de su pantalón. Creo que todo habrá sido en vano, hasta que escucho una voz firme y enojada:

—¡Aléjense de ella, malditos! ¿Acaso no han nacido de una mujer? Si quieren vivir, márchense.

Se ríen y el hombre que estaba encima se levanta, pero cae al suelo de golpe. Los que me sostenían me sueltan. Intento cubrirme, pero un fuerte dolor de cabeza me nubla la vista y caigo desmayada.

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