Norman permaneció en su despacho durante otra hora después de que Nina se fue. No se movió de la ventana. Solo se quedó allí, mirando el jardín oscuro, observando la fuente lanzar agua al aire, viendo cómo las flores se mecían con la brisa como si nada malo hubiera ocurrido nunca en esa casa.
Su pierna le dolía como el demonio. La férula le estaba clavando en la piel y podía sentir los músculos tensándose bajo los vendajes, como si intentaran desgarrarse otra vez. Los médicos le habían advertid