El grito desgarró la mansión como un trueno.
Elisabetta estaba en su habitación, leyendo, cuando lo escuchó. Un sonido crudo y gutural que le heló la sangre. Soltó el libro y corrió.
El sonido provenía del despacho de Norman.
Irrumpió por la puerta y lo encontró en el suelo. Se sujetaba la pierna, con el rostro desencajado por la agonía. Todo su cuerpo temblaba. El sudor empapaba su camisa. Sus ojos estaban desorbitados por el dolor.
—¡Norman! —Ella cayó de rodillas a su lado—. ¿Qué ha pasado?