El sol había avanzado por el cielo cuando Norman volvió por ella.
Elisabetta seguía en el jardín. Había dejado de llorar, pero tenía el rostro hinchado y los ojos irritados. Había estado sentada en el banco durante horas, observando cómo las flores se mecían con la brisa, pensando en nada y en todo al mismo tiempo.
Celestina le había llevado té. No lo había bebido. Estaba a su lado, frío y olvidado.
Norman apareció en la puerta del jardín. No sonrió. No se