Votos bajo una mentira

Elena bajó las escaleras con cuidado, como si cada peldaño pudiera romperse bajo el peso del vestido y de la mentira que llevaba puesta. El encaje susurraba contra el mármol, un sonido que le parecía demasiado alto en medio del silencio repentino que se había instalado en el vestíbulo. Todas las miradas se volvieron hacia ella: tías lejanas con copas a medio camino de los labios, primos que fingían no cotillear, sirvientes que bajaban la vista rápidamente. Nadie dijo nada. Nadie necesitaba decirlo.

Carmen la esperaba al pie de la escalera, con los ojos brillantes de alivio y algo que parecía gratitud mezclada con culpa. Le ajustó el velo con dedos temblorosos, colocó la mantilla negra sobre los hombros de Elena y le dio un beso rápido en la mejilla.

—Estás preciosa —susurró—. Nadie notará nada. Solo sonríe. Y no hables mucho.

Elena asintió, aunque sentía la garganta seca. No era capaz de sonreír. No todavía. El mayordomo abrió las puertas dobles que daban al jardín. El sol de la tarde caía oblicuo sobre las filas de sillas blancas, haciendo brillar los lazos de satén y las copas de cristal. Un cuarteto de cuerdas empezó a tocar una versión suave de Canon en Re mayor, y el murmullo de los invitados se apagó como si alguien hubiera bajado el volumen del mundo entero.

Elena avanzó por el pasillo central. Cada paso era una eternidad. Veía borroso: rostros que la miraban con aprobación, sonrisas falsas, flashes discretos de teléfonos que capturaban el momento para las redes sociales de la élite marbellí. Y al final del pasillo, bajo el arco de rosas, esperaba él. Damián Müller.

Era más alto de lo que las fotos le habían hecho creer. El traje negro le quedaba como una segunda piel, cortado a medida con esa precisión alemana que no dejaba espacio para imperfecciones. El cabello oscuro, peinado hacia atrás sin un mechón fuera de lugar. Los ojos azules, casi grises bajo la luz del atardecer, fijos en ella. No sonreía. No parecía nervioso. Solo… evaluaba. Como si estuviera midiendo el valor de un activo antes de firmar el contrato.

Elena llegó hasta él. El sacerdote —un hombre mayor con acento andaluz marcado— carraspeó y abrió el libro. —Queridos hermanos…

Las palabras se deslizaban sobre ella como agua fría. Elena apenas escuchaba. Sentía la mirada de Damián sobre su perfil, pesada, inquisitiva. En un momento, cuando el sacerdote pidió que se tomaran de las manos, él extendió la suya sin dudar. Sus dedos eran largos, fríos, con un anillo de sello en el meñique que llevaba el escudo de los Müller: un águila negra sobre fondo plateado.

Elena colocó su mano en la de él. La diferencia de temperatura la hizo estremecer. Él no dijo nada, pero apretó ligeramente, como si estuviera probando si ella se iba a desmoronar. Los votos fueron breves. Fríos. No había promesas de amor eterno, solo compromisos de lealtad, alianza y respeto mutuo. Cuando llegó el turno de Elena —o mejor dicho, de “Isabella”—, su voz salió baja, casi un susurro.

—…acepto.

Damián repitió las mismas palabras con voz clara, sin inflexión, como si estuviera recitando un informe de negocios. El sacerdote sonrió con alivio visible.

—Puede besar a la novia.

Elena levantó la vista por primera vez. Los ojos de Damián estaban muy cerca. No había calidez en ellos, solo una curiosidad distante, como si estuviera estudiando un cuadro en un museo. Se inclinó lentamente. Sus labios rozaron los de ella apenas un segundo: un contacto seco, protocolario, sin pasión. Ni siquiera cerró los ojos. Cuando se separó, Elena sintió que algo dentro de ella se rompía un poco más.

Los aplausos estallaron. Confeti blanco cayó del cielo artificial que habían instalado. Alguien gritó “¡Vivan los novios!”. Carmen lloraba discretamente en la primera fila, y su padre asentía con aprobación rígida desde el lado opuesto.

Damián le ofreció el brazo. Elena lo tomó. Caminaron juntos hacia la zona de recepción, donde las mesas ya estaban preparadas con cristalería de Bohemia y centros de orquídeas blancas. Los invitados se acercaban uno a uno: besos en las mejillas, enhorabuenas vacías, comentarios sobre lo “perfecta” que hacía la pareja.

Damián respondía con frases cortas, educadas, en un español fluido pero con ese leve acento alemán que hacía que cada palabra sonara más pesada, más definitiva.

Elena se mantuvo en silencio. Sonreía cuando tocaba, asentía, dejaba que hablaran por ella. Cada minuto que pasaba sentía el peso del vestido, del velo, de la mentira.

Cuando por fin pudieron sentarse a la mesa principal, Damián se inclinó ligeramente hacia ella. Su voz fue baja, solo para sus oídos.

—No esperaba que llegaras tarde —dijo, sin mirarla directamente—. Pero supongo que es parte del encanto de las novias Voss.

Elena tragó saliva.

—Lo siento… hubo un imprevisto.

Él giró la cabeza muy despacio. La miró de verdad por primera vez.

—Imprevistos —repitió, como si probara la palabra—. Espero que no se conviertan en costumbre.

Elena no respondió. No sabía qué decir.

La cena transcurrió en una bruma de platos exquisitos que apenas probó. Discursos. Brindis. Fotos. Damián se mantuvo impecable: cortés, distante, intocable.

Cuando llegó el momento del primer baile, la orquesta empezó a tocar un vals lento. Él se levantó y le tendió la mano.

Elena la tomó.

Bailaron en el centro del jardín, bajo las luces colgantes. Él la guiaba con precisión militar: pasos exactos, mano firme en su cintura, la otra sosteniendo la suya sin apretar demasiado. No había cercanía. No había calor. Solo movimiento.

—Relájate —murmuró él, tan bajo que solo ella lo oyó—. Pareces a punto de huir.

Elena levantó la vista. Sus ojos se encontraron.

—No voy a huir —dijo, y por primera vez su voz salió firme.

Algo cruzó por la expresión de Damián. No fue una sonrisa. Fue… curiosidad. Tal vez sorpresa.

—Bien —respondió—. Porque no tolero que huyan de mí.

El vals terminó. Los aplausos volvieron. Elena supo, con una certeza helada, que acababa de entrar en un juego del que no conocía las reglas. Y lo peor… era que el hombre que la guiaba en ese baile parecía ser el único que las conocía todas.

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